Una de las cosas que más me gusta hacer es mirar por la ventana. Es una ventana particularmente horrible en sí: rejas comunes blancas con la pintura rajada, está mal hecha y los marcos de los vidrios también son blancos con la pintura rajada; en invierno entra viento helado aunque no la abra y en verano no deja pasar una sola molécula de aire; la vista no es muy galana (el lavadero, el patiecito, las otras piezas al frente y a la derecha, una medianera que antes era amarilla)... excepto por un detalle, el detalle más perfecto que pueda tener cualquier aspecto de cualquier cosa... el cielo. El cielo através de mi ventana es siempre perfecto: azul, inmaculado, tan profundo y brillante que encandila, y realmente podría quedarme horas embobada, colgada de ese azul; puede, un día sin sol, mostrarme millones de formas, todas diferentes, inimaginables, incontables formas en escala de grises, brillantes, opacas, millones de garabatos desparramados por todo el cielo, que luce muy fresco, en especial cuando las gotas empiezan a caerse; también, a veces, tengo el privilegio de mirar al cielo mezclado, entre azules y grises, algodones, plumas y tinta, todo mezclado, ¡cuánta gracia! Cosquillas en la garganta y la más suave expresión de la euforia. Cuando anochece en el barrio, todavía se pueden ver unas cuantas estrellas... pero nadie puede verlas como las veo! cada vez más cerca, picándome en las mejillas, espejos y brillantina, y luces...
La verdad es que en realidad no tengo ventana. Pero a veces levanto la vista y el cielo está allá siempre (qué leal), esperando a ser admirado, interpretado, ahí, simplemente ahí. El único que nunca nadie va a perder.
(bueno, en realidad este texto es una nota que acabo de subir a facebook, que se me ocurrió recién y así lo escribí y lo publiqué, es por eso que es tan básico)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario