Capítulo 2
¿Más allá del Estado?
En el principio fue el grito. ¿Y luego, qué?
El grito implica un entusiasmo angustiado por cambiar el mundo. Pero,
¿cómo podemos hacerlo? ¿Qué podemos hacer para convertir el mundo en
un lugar mejor, más humano? ¿Qué podemos hacer para poner fin a la
miseria y a la explotación?
I
Tenemos una respuesta a mano: hacerla por medio del Estado. Únete a un
partido político, ayúdalo a ganar el poder gubernamental, cambia el mundo
de esta manera. O, si eres más impaciente, si estás más enojado, si dudas
acerca de qué puede lograrse por medios parlamentarios, únete a una
organización revolucionaria. Ayúdala a conquistar el poder estatal por
medios violentos o no violentos, y luego utiliza al Estado revolucionario
para cambiar la sociedad.
Cambiar el mundo por medio del Estado: este es el paradigma que ha
predominado en el pensamiento revolucionario por más de un siglo. El
debate que hace cien años sostuvieron Rosa Luxemburg y Eduard
Berstein14 sobre "reforma o revolución", estableció claramente los términos
que dominarían el pensamiento sobre la revolución durante la mayor parte
del siglo veinte. Por un lado, reforma; por el otro, revolución. La reforma
era una transición gradual hacia el socialismo, al que se llegaría por el
triunfo en las elecciones y la introducción del cambio por vía
parlamentaria. La revolución era una transición mucho más vertiginosa,
que se lograría con la toma del poder estatal y la rápida introducción del
cambio radical, llevado adelante por el nuevo Estado. La intensidad de los
desacuerdos encubría un punto básico en común: ambos enfoques se
concentraban en el Estado como la posición ventajosa a partir de la cual se
podía cambiar la sociedad. A pesar de todas sus diferencias, ambos puntos
de vista apuntan a ganar el poder estatal. Esto, por supuesto, no excluye
otras formas de lucha. En la perspectiva revolucionaria e inclusive en los
enfoques parlamentarios más radicales se considera el hecho de ganar el
poder estatal como parte de un repunte de la revuelta social. Sin embargo,
se considera que ganar el poder estatal es el punto nodal del proceso
revolucionario, el centro desde el cual se irradiará el cambio
revolucionario. Los enfoques que quedan fuera de esta dicotomía entre
reforma y revolución, fueron estigmatizados como anarquistas (una
distinción aguda que se consolidó aproximadamente en la misma época del
debate Luxemburg-Bernstein). Hasta hace poco, el debate teórico y
político (al menos en la tradición marxista), ha estado dominado por estas
tres clasificaciones: Revolucionario, Reformista y Anarquista.
El paradigma del Estado, es decir, el supuesto de que ganar el poder estatal
es central para el cambio radical dominó, además de la teoría, también la
experiencia revolucionaria durante la mayor parte del siglo veinte: no sólo
la experiencia de la Unión Soviética y de China, sino también los
numerosos movimientos de liberación nacional y de guerrilla de la década
del sesenta y del setenta.
Si el paradigma estatal fue el vehículo de esperanza durante gran parte del
siglo, se convirtió cada vez más en el verdugo de la esperanza a medida que
el siglo avanzaba. La aparente imposibilidad de la revolución a comienzos
del siglo veintiuno refleja, en realidad, el fracaso histórico de un concepto
particular de revolución: el que la identifica con el control del Estado.
Ambos enfoques, el "reformista" y el "revolucionario", han fracasado por
completo en cumplir con las expectativas de sus entusiastas defensores. Los
gobiernos "comunistas" de la Unión Soviética, de China y de otras partes
ciertamente incrementaron los niveles de seguridad material y
disminuyeron las desigualdades sociales en los territorios de los estados
que controlaban (por lo menos de manera temporaria), pero hicieron poco
por crear una sociedad autodeterminada o por promover el reino de la
libertad que siempre ha sido central en la aspiración comunista.16 En el
caso de los gobiernos socialdemócratas o reformistas, la situación no es
mejor: aunque algunos han logrado incrementos en la seguridad material,
su actuación en la práctica se ha diferenciado muy poco de la de los
gobiernos que están abiertamente a favor del capitalismo, y la mayoría de
los partidos socialdemócratas hace tiempo que han abandonado cualquier
pretensión de ser los portadores de la reforma social radical.
Durante más de cien años el entusiasmo revolucionario de la juventud se ha
canalizado en la construcción del partido o en el aprendizaje del manejo de
armas. Durante más de cien años los sueños de aquellos que han querido un
mundo adecuado para la humanidad se han burocratizado y militarizado,
todo para que un gobierno ganara el poder del Estado y que, entonces, se lo
pudiera acusar de "traicionar" el movimiento que lo llevó hasta allí.
Durante el último siglo la palabra "traición" ha sido clave para la izquierda,
en tanto que un gobierno tras otro fueron acusados de "traicionar" los
ideales de quienes los apoyaban, al punto tal de que ahora la idea de
traición misma se ha vuelto tan trillada que sólo provoca un encogimiento
de hombros como queriendo decir: “por supuesto”.17 En lugar de recurrir a
tantas traiciones en busca de una explicación, quizás necesitemos revisar la
idea misma de que la sociedad puede cambiarse consiguiendo el poder del
Estado.
II
A primera vista parecería obvio que lograr el control del Estado es la clave
para el advenimiento del cambio social. El Estado reclama ser soberano,
ejercer el poder al interior de sus fronteras. Esto es central en la idea
habitual de democracia: se elige un gobierno para que cumpla con la
voluntad de las personas por medio del ejercicio del poder en el territorio
del Estado. Esta idea es la base de la afirmación socialdemócrata de que el
cambio radical puede alcanzarse por medios constitucionales.
El argumento en contra de esta afirmación es que el punto de vista
constitucional aísla al Estado de su contexto social: le atribuye una
autonomía de acción que de hecho no tiene. En realidad, lo que el Estado
hace está limitado y condicionado por el hecho de que existe sólo como un
nodo en una red de relaciones sociales. Esta red de relaciones sociales se
centra, de manera crucial, en la forma en la que el trabajo está organizado.
El hecho de que el trabajo esté organizado sobre una base capitalista,
significa que lo que el Estado hace y puede hacer está limitado y
condicionado por la necesidad de mantener el sistema de organización
capitalista del que es parte. Concretamente, esto significa que cualquier
gobierno que realice una acción significativa dirigida contra los intereses
del capital encontrará como resultado una crisis económica y la huida del
capital del territorio estatal.
Los movimientos revolucionarios inspirados por el marxismo siempre han
sido conscientes de la naturaleza capitalista del Estado. ¿Por qué, entonces,
se han concentrado en el hecho de ganar el poder del Estado como el medio
para cambiar la sociedad? Una respuesta es que dichos movimientos con
frecuencia han tenido una visión instrumental de la naturaleza capitalista
del Estado. Habitualmente lo han tomado como un instrumento de la clase
capitalista. La noción de instrumento implica que la relación entre el
Estado y la clase capitalista es externa: como un martillo, la clase
capitalista manipula ahora al Estado según sus propios intereses; después
de la revolución, éste será manipulado por la clase trabajadora según sus
propios intereses. Tal punto de vista reproduce, quizás inconscientemente,
el aislamiento o la autonomización del Estado respecto de su propio
contexto social, aislamiento cuya crítica es el punto de partida de la política
revolucionaria. Para retomar un concepto que se desarrollará más adelante,
esta visión fetichiza al Estado: lo abstrae de la red de relaciones de poder
en la que está inmerso. La dificultad que los gobiernos revolucionarios han
tenido en detentar el poder del Estado en favor de los intereses de la clase
trabajadora, sugiere que la inmersión del Estado en la red de relaciones
sociales capitalistas es mucho más fuerte y más sutil de lo que la noción de
instrumentalizad sugeriría. El error de los movimientos marxistas
revolucionarios no ha sido negar la naturaleza capitalista del Estado, sino
comprender de manera equivocada el grado de integración del Estado en la
red de relaciones sociales capitalistas.
Un aspecto importante de esta comprensión equivocada es el grado en el
que los movimientos revolucionarios (y, más aún, los reformistas) han
tendido a suponer que puede entenderse esa sociedad como nacional (es
decir, dentro de límites estatales). Si se entiende a la sociedad como la
sociedad argentina, rusa o mexicana obviamente se le otorga peso al
planteo de que el Estado puede ser el punto central de la transformación
social. Tal supuesto, sin embargo, presupone una abstracción previa del
Estado y de la sociedad respecto de sus límites espaciales, un recorte
conceptual de las relaciones sociales dentro de las fronteras del Estado. El
mundo, en esta concepción, está formado por muchas sociedades
nacionales, cada una con su propio Estado, que se relacionan entre sí en
una red de relaciones internacionales. Cada Estado es, entonces, el centro
de su propio mundo y se torna posible concebir una revolución nacional y
ver al Estado como el motor del cambio radical de "su" sociedad.
El problema de tal perspectiva es que las relaciones sociales nunca han
coincidido con las fronteras nacionales. Las discusiones actuales sobre la
"globalización" apenas resaltan lo que siempre ha sido cierto: las relaciones
sociales capitalistas, por naturaleza, siempre han ido más allá de los límites
territoriales. Mientras que la relación entre el señor feudal y los siervos
siempre fue una relación territorial, la característica distintiva del
capitalismo es que liberó la explotación de tales límites territoriales, en
virtud de que la relación entre el capitalista y el trabajador está mediada por
el dinero. La mediación de las relaciones sociales por el dinero significa
una completa desterritorialización de esas relaciones: no existe razón por la
cual el empleador y el empleado, el productor y el consumidor, o los
trabajadores que cooperan en el mismo proceso de producción, deban estar
en el mismo territorio. Las relaciones sociales capitalistas nunca han estado
limitadas por las fronteras estatales; por lo tanto, siempre ha sido un error
pensar el mundo capitalista como una suma de diferentes sociedades
nacionales.18 La red de relaciones sociales en las cuales los estados
nacionales particulares están inmersos es (y lo ha sido desde el inicio del
capitalismo) una red global.
Centrar la revolución en el hecho de adueñarse el poder estatal implica, así,
la abstracción del Estado respecto de las relaciones sociales de las cuales es
parte. Conceptualmente, se separa al Estado del cúmulo de relaciones
sociales que lo rodean y se lo eleva como si fuera un actor autónomo. Al
Estado se le atribuye autonomía, si no en el sentido absoluto de la teoría
reformista (o liberal), al menos en el sentido de que se lo considera como
potencialmente autónomo respecto de las relaciones sociales capitalistas
que lo atraviesan.
Peto podría objetarse que es una cruda distorsión de la estrategia
revolucionaria. Los movimientos revolucionarios inspirados por el
marxismo han considerado, generalmente, que ganar el poder estatal es
sólo un componente de un proceso más amplio de transformación social.
Más aún, Lenin no habla sólo de conquistar el poder del Estado sino de
destruir el viejo Estado y remplazado con un Estado de los trabajadores y,
tanto él como Trotsky estaban más que convencidos de que, para ser
exitosa, la revolución tenía que ser internacional. Ciertamente, esto es
verdad y es importante evitar caricaturas crudas, pero sigue siendo un
hecho el que generalmente se ha considerado la toma del poder del Estado
como un elemento particularmente importante, un punto central en el
proceso de cambio socia1, un elemento que exige también una
concentración de las energías dedicadas a la transformación social.
Concentrarse en esto privilegia, inevitablemente, al Estado como un lugar
de poder.
Ya sea que se considere el ganar el poder estatal como el camino exclusivo
para el cambio social o se lo considere sólo como un centro de acción
existe, inevitablemente, una canalización de la revuelta. Se retorna el fervor
de aquellos que luchan por una sociedad diferente y se lo dirige hacia una
dirección particular: tomar el poder del Estado. "Si pudiéramos sólo
conquistar el Estado (ya sea por medios electorales o militares), entonces
seríamos capaces de cambiar la sociedad. Primero, por lo tanto, debemos
concentramos en el objetivo central: la conquista del poder del Estado". El
argumento continúa en esta línea y se instruye a los jóvenes en lo que esto
significa: se los entrena o como soldados o como burócratas, según cómo
se entienda la conquista del poder. "Primero construir el ejército, primero
construir el partido, esta es la manera de liberarse del poder que nos
oprime". La construcción del partido (o la construcción del ejército) eclipsa
todo lo demás. Lo que al comienzo era negativo (el rechazo del
capitalismo) se convierte en algo positivo (la construcción de instituciones,
la construcción del poder). La instrucción en la conquista del poder
inevitablemente se convierte en una instrucción en el poder mismo. Los
iniciados aprenden el lenguaje, la lógica y los cálculos del poder; aprenden
a manipular las categorías de una ciencia social a la que se le ha dado
forma, enteramente, según esta obsesión por el poder. Las diferencias en la
organización se convierten en luchas por el poder. La manipulación y la
maniobra por el poder se convierten en una forma de vida.
El nacionalismo es un complemento inevitable de la lógica del poder. La
idea de que el Estado es el lugar del poder involucra la abstracción del
Estado particular respecto del contexto global de relaciones de poder.
Inevitablemente, sin importar en qué medida la inspiración revolucionaria
esté guiada por la idea de revolución mundial, el énfasis en un Estado
particular como el lugar desde el que surgiría el cambio social radical, implica
darle prioridad a la parte del mundo que ese Estado abarca por sobre
sus otras partes. Incluso las revoluciones más internacionalistas orientadas
hacia la conquista del poder del Estado rara vez han tenido éxito en evitar
privilegiar de manera nacionalista "su" Estado por sobre los otros, o incluso
en evitar la manipulación abierta del sentimiento nacional para defender la
revolución. La idea de cambiar la sociedad por medio del Estado descansa
en el concepto de que el Estado es, o debiera ser, soberano. La soberanía
estatal es un requisito previo para cambiar la sociedad por medio del
Estado, de manera tal que la lucha por el cambio social se trasforma en la
lucha por la defensa de la soberanía estatal. La lucha contra el capital,
entonces, se convierte en una lucha antiimperialista contra la dominación
de los extranjeros, en la que se mezcla el nacionalismo con el
anticapitalismo.20 Se confunde autodeterminación con soberanía, cuando de
hecho la existencia misma del Estado como forma de las relaciones sociales
es la antítesis misma de la autodeterminación.21
No importa cuánto se defienda el movimiento y su importancia, el objetivo
de obtener el poder involucra inevitablemente una instrumentalización de la
lucha. La lucha tiene un objetivo: conquistar el poder político. La lucha es
un medio para alcanzar dicho objetivo. Aquellos elementos de lucha que no
contribuyen a alcanzar el objetivo, son considerados secundarios o bien
suprimidos en conjunto: se establece una jerarquía de las luchas. Esta
instrumentalización/jerarq
empobrecimiento de la lucha. Cuando el mundo se concibe a través del
prisma de la conquista del poder, muchas de las luchas, muchas de las
maneras de expresión de nuestro rechazo al capitalismo, muchas de las
maneras de pelear por nuestros sueños de una sociedad diferente
simplemente se "filtran", permanecen ocultas. Aprendemos a suprimirlas y,
así, a suprimirnos a nosotros mismos. En la cima de la jerarquía
aprendemos a colocar aquella parte de nuestra actividad que contribuye a
"hacer la revolución"; en la base, ubicamos frivolidades personales como
las relaciones afectivas, la sensualidad, el juego, la risa, el amor. La lucha
de clases se vuelve puritana: debe suprimirse la frivolidad porque no
contribuye al objetivo. La jerarquización de la lucha es una jerarquización
de nuestras vidas y, así, una jerarquización de nosotros mismos.
El partido es la forma organizacional que con mayor claridad expresa esta
jerarquización. La forma del partido, ya sea vanguardista o parlamentaria,
presupone una orientación hacia el Estado y tiene poco sentido sin él. El
partido es, de hecho, la forma de disciplinar la lucha de clases, de
subordinar las innumerables formas de lucha de clases al objetivo
dominante de ganar el control del Estado. El establecimiento de una
jerarquía de luchas se expresa habitualmente en la forma del programa del
partido.
Este empobrecimiento instrumentalizado de la lucha no es sólo
característico de partidos o corrientes particulares (como el stalinismo, el
trotskismo u otras): es inherente a la idea de que el objetivo principal del
movimiento es la conquista del poder político. La lucha está perdida desde
el comienzo, mucho antes de que el ejército o el partido victorioso tome el
poder y "traicione" sus promesas. Está perdida cuando el poder mismo se
filtra en el interior de la lucha, una vez que la lógica del poder se convierte
en la lógica del proceso revolucionario, una vez que lo negativo del rechazo
se convierte en lo positivo de la construcción del poder. Y, habitualmente,
los involucrados no lo ven: los iniciados en el poder ni siquiera ven cuán
lejos han sido conducidos hacia la forma de razonar y los hábitos del poder.
No ven que, si nos rebelamos en contra del capitalismo no es porque
queremos un sistema de poder diferente, es porque pretendemos una
sociedad en la cual las relaciones de poder sean disueltas. No puede
construirse una sociedad de relaciones de no-poder por medio de la
conquista del poder. Una vez que se adopta la lógica del poder, la lucha
contra el poder ya está perdida.
Así, la idea de cambiar la sociedad por medio de la conquista del poder
culmina logrando lo opuesto de lo que se propone alcanzar. El intento de
conquistar el poder implica (en lugar de un paso hacia la abolición de las
relaciones de poder), la extensión del campo de relaciones de poder al
interior de la lucha en contra del poder. Lo que comienza como un grito de
protesta contra el poder, contra la deshumanización de las personas, contra
el tratamiento de los hombres como medios y no como fines, termina
convirtiéndose en su opuesto, en la imposición de la lógica, de los hábitos y
del discurso del poder en el corazón mismo de la lucha en contra del
poder.22 Lo que está en discusión en la transformación revolucionaria del
mundo no es de quién es el poder sino la existencia misma del poder. Lo
que está en discusión no es quién ejerce el poder sino cómo crear un mundo
basado en el mutuo reconocimiento de la dignidad humana, en la
construcción de relaciones sociales que no sean relaciones de poder.
Parecería que la forma más realista de cambiar la sociedad es centrar la
lucha en la conquista del poder del Estado y subordinarla a este objetivo.
Primero ganamos el poder y luego crearemos una sociedad valiosa para la
humanidad. Éste es el argumento poderosamente realista de Lenin,
especialmente en el ¿Qué hacer?, pero es una lógica compartida por todos
los líderes revolucionarios más importantes del siglo veinte: Rosa Luxemburg,
Trotsky, Gramsci, Mao, el Che. Sin embargo, la experiencia de sus
luchas sugiere23 que el aceptado realismo de la tradición revolucionaria es
profundamente irreal. Ese realismo es el realismo del poder y no puede
hacer más que reproducir poder. El realismo del poder se centra y se dirige
hacia un fin. El realismo del anti-poder, o mejor aún, el anti-realismo del
anti-poder, debe ser bastante diferente si vamos a cambiar el mundo. Y
debemos cambiar el mundo.
•Mi reflexion(tambien publicada en facebook):
-En cuanto a todo lo del Estado y la toma del poder estatal como objetivo principal: es solo un primer paso, obviamente, y no se puede considerar la teoria marxista estrictamente (o por lo menos no en cuanto a lo del caracter del Estado dentro del orden capitalista) para aplicarla a la actualidad, ya que tanto la misma teoria como gran parte de esta en la practica se sucedieron en epocas anteriores al desarrollo de las comunicaciones y la globalizacion de las relaciones sociales tal como hoy las vivimos, y que en la epoca de Marx ni siquiera se habia dado la segunda revolucion industrial (un pie en el umbral del anteriormente mencionado desarrollo de las comunicaciones). Claro que el sistema capitalista presupone una "ruptura de las fronteras", pero no una ruptura del Estado como fuerza aislada, ya que, volviendo otra vez a la epoca de Marx e incluso a la de la Rusia comunista, todavia quedan vestigios de los Estados-Nacion, y la concepcion del capitalismo no dejo de ser una evolucion del proteccionismo en las potencias mundiales, que lo utilizaron justamente desde ese punto de vista (el proteccionista, por si no se entiende). Pongo de ejemplo a Inglaterra. La "desaparicion de las fronteras (DONDE EL ESTADO QUEDA AL MARGEN)" son un fenomeno propio del desarrollo de las multinacionales, vuelvo otra vez sobre el boom de las comunicaciones. Es por eso que el Estado no se ve damnificado (me refiero al aparato de poder, porque obviamente el Estado es parte del capitalismo y nunca se veria realmente damnificado) con el capitalismo sino hasta mucho tiempo adelante. Por ejemplo, ahora se pueden considerar a los medios como otro enemigo comun del socialismo, mas aun que el propio Estado, y eso es algo sabido hasta dond ellega mi entender.
-Me refiero ahora a todo lo que habla sobre el poder en si, dentro del partido y del partido en si: el partido, basicamente, es un arma. un aparato organizativo de la lucha armada, un brazo. claro que los "delirios de poder" o la ambicion se dan, pero no es inherente al ser humano o a la revolucion, para nada! de hecho, el planteo del hombre nuevo (veo que este texto es posterior o contemporaneo al Che, que desarrolla muy bien ese concepto) implica la supresion de ese tipo de sensaciones del sentido comun capitalista mas puro, la manifestacion mas cruda y, por que no decirlo, facha (viene de "facho" jaja) del individualismo, que por otro lado SI es inherente al capitalismo. para nada esto tiene por que darse en el ambito partidario ni en el ambito de la toma del poder por parte del Estado, se trata de hallar una maniobra para conquistar la victoria y dar un nuevo paso.
La comparacion de la organizacion Estatal con la de la organizacion partidaria me parece completamente erronea, es incomparable por lo siguiente: el Estado es un organismo de regulacion en torno a las clases sociales y obviamente al sistema capitalista (en terminos muy basicos y generales), cuyos representantes pertenecen a las clases altas, exceptuando casos aisladisimos de "avances sociales", como en Bolivia; mientras que en un partido ese tipo de organizacion sirve exclusivamente para fines organizativos internos, y quien esta al frente no es mas que un compañero responsable, con el consenso de todos los compañeros. existen excepciones, obviamente, pero en terminos generales es esa la concepcion (igual de basica que la que puse sobre el Estado) de la organizacion partidaria.
Ni hablar de que no es una herramienta de utilizacion de los compañeros ni nada por el estilo.
Ojalá alguien lo lea y se de un debate. Besos
