sábado, 18 de diciembre de 2010

Paranoia

Existe alguien que quiere verme muerto. Tengo un enemigo en potencia que está a punto de cometer el crimen perfecto, y yo seré su víctima. Sí, va a matarme, pero no quiere ensuciarse las manos... está engendrando un monstruo, la fiera más despiadada y voraz; va a soltarlo y hacer que todo parezca un terrible accidente. Pero ambos sabemos que no...
A la noche, bien tarde, la soledad advierte una presencia, un tercero en discordia. una vida (o pseudovida) de más, está rompiendo la ley principal de este limbo, y la vela nocturna se torna inquietante. Apreto los ojos (no quiero verme así, dispuesto como el último pedazo de carne de oferta en la góndola del supermercado, congelado, regalado), y me hundo todavía más en la cama. A esta altura ya no tiene sentido aguzar el oído: la presencia intrusa es evidente. Comienza la batalla.
Luego de varias noches (diez, cien o quizá mil), por fin atino a entreabrir, muy cautelosamente, un ojo. Despego un párpado tembloroso sólo a la medida suficiente como para tener un panorama mínimo inmediato de la habitación, y ¡sorpresa! Ahí está, como tantas noches, la mortífera presencia, acechándome, invisible, esperando a que el miedo, la vela o la desesperación me hagan llegar mi hora.
No había nada frente a mis ojos, y esa noche dejé de dormir.
Siempre que mamá me da el beso de las buenas noches al tiempo que dice "que duermas bien", me acuerdo de esa historia tan rara que nos contó, a mi hermano y a mi, el portero del edificio, sobre el anterior inquilino de este departamento: "...y un día, en una reunión de consorcio, un grupo de vecinos de los departamentos del mismo piso y de los pisos de arriba y abajo, se quejaron del olor a podrido que salía del departamento de ese joven (muy retraído y reservado, pero no así un mal vecino, decían todos), así que convenimos ir juntos a averiguar... tuvimos que forzar la puerta y, ni bien la abrimos, ya vimos las manchas de sangre, a veces charquitos secos, y otras, gotitas, que nos guiaron hacia la primera habitación (la mía); y, créanme que es por su bien que termino el relato acá, niños, porque ni yo, que creía haberlo visto todo, pude soportar esa imagen tan triste y repugnante..."

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